Intento volver, intento volar.
Prometo que lo intento, pero no siempre se puede, no siempre sale.
Tras un proceso de relax, con baja médica incluida, mi pobre y febril mente
Parece que vuelve a funcionar, pero no a todo gas, ni siquiera a medio puño de gas.
Todo llegará, espero, y todo volverá a su cauce. Los gorriones vuelven a volar, pían incesantemente buscando algo que llevarse al pico, algo que comer, algo que recoger.
Mientras tanto os dejo con esta canción de Gorillaz, Stylo, en directo, una gran actuación:
Disfrutadla.
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viernes, 19 de agosto de 2011
martes, 8 de marzo de 2011
NEGRO

Negro.
Me despierto y veo negro.
Negro panorama, negra perspectiva.
Negro, como tu pelo.
Negro, como la noche que admiro.
Negro, como las noches que paso contigo.
Como mi futuro, esas tardes en que
me contabas lo enamorada que te tenía
ese gilipollas.
Yo te ofrecía mi alma en copa de oro
mientras tu derramabas hiel y pez
en todos mis sentidos.
Cuanto más contabas de él, menos te convenía,
y más me alejaba yo.
Como náufrago amarrado a una tabla
completamente anegada en pinchos.
Con manos astilladas me aferrada en la ilusión,
Torpe de mí,
de que un desengaño te arrojara en mis brazos.
Mientras tú, alegremente, separabas mis dedos,
uno a uno,
de esa tabla salvadora.
Y me hundía en la negrura de tu inconsciencia,
sin aire que boquear,
supurando rencor,
ahogado en mis miserias,
impulsado por tus necedades...
Bajaba, sin remisión, al negro.
viernes, 29 de octubre de 2010
ÓXIDO EN LAS FAROLAS

Todos hemos soñado en alguna ocasión con ser Peter Pan y no crecer nunca. Yo volví a desear ser Peter Pan cuando ya rebasaba en varios años la treintena. A mi memoria vuelven, nítidas, dos ocasiones más; una en la que deseé ser Peter Pan y otra en la que anhelé con fuerza ser su sombra y perderme, o cargarme a ese mocoso verde.
Una tarde de mayo en la que el sol se derramaba por doquier, con la gente sesteando y una calma aletargante, fue la elegida por mi amigo David y por mí para estrenar nuestras flamantes bicis. Apenas contábamos con doce años y las bicicletas eran todo un universo de posibilidades por explorar. Plateadas, brillantes, inmaculadas… éramos la envidia del vecindario. Paseamos por la plaza durante toda la tarde, haciendo carreras, concursos de derrapes, a ver quién se mantenía más tiempo haciendo el caballito; intentando emular a los campeones de trial, flotando sobre la bici sin movernos ni avanzar...Era un momento mágico, eterno.
Emocionados, competimos por ver quién hacía el mejor stoppie, levantando la rueda trasera sobre la delantera, inclinándote hacia delante; como si fuera un caballito invertido. Ahí es cuando, cegado por mí mejor dominio de la bicicleta, David arriesgó. En su último stoppie sobrepasó la vertical, yendo de bruces al suelo y aterrizando con la cara. El golpetazo fue como un redoble asesino. Tras un segundo de calma, se desató la tormenta; comenzó a llorar y berrear como si nunca lo hubiera hecho. Yo estaba paralizado. Cuando se calmó un poco pudimos oír a su madre, angustiada, asomada a la ventana.
- ¡sube ahora mismo!
Bajó al rato con la cara como una pizza, hinchada, llena de ronchones, manchas sanguinolentas y corros blanquecinos de la crema antiinflamatoria. Y sin la bici.
- lo he hecho mejor que tú-
Aunque sonaba “lo he hechohh bejod que dú”, mientras me mostraba su boca ensangrentada al sonreír.
En ese momento lo odié, y me alegré de su caída. Me levanté y empecé a dar vueltas con la bici, dispuesto a demostrarle quién era el mejor. Las cabriolas se sucedieron, con audacia. De pronto vi que David estaba rodeado por cuatro personas. Me acerqué a ver qué sucedía. Eran chicos del barrio. Al ver mi bicicleta silbaron sorprendidos. La admiraron, mientras yo sonreía, gallardoso, con el pecho hinchado. Dos de ellos se fueron, mientras los otros dos toqueteaban mi bici, absortos. Me pidieron dar una vuelta, para comprobar cómo iba.
- claro, toma. Seguro que nunca has visto una bici igual - dije, confiado.
Dio un par de vueltas por la plaza y, al cabo de un instante, enfiló la esquina de un edificio y salió de la plazuela. El otro, que aún estaba con nosotros, miró su reloj, y dijo que tenía que irse, que era tarde.
Yo iba a preguntar por su amigo, el que tenía mi bici, pero no me dio tiempo. Salió corriendo, dejándonos boquiabiertos, a mi porque no sabía que decir, y a David, porque no podía cerrar su amorcillada boca.
Pasadas varias horas sin noticias de la bici, decidí subir a casa.
- Be barece que du damboco has vfisto odra igual...- me espetó David, con sonrisa malévola. Con la boca hinchada y grumosa, llena de chorretones, tenía una mirada torva. Yo estaba angustiado y eso me sobrepasó. Le miré y, apretándole los mofletes con fuerza, le chillé:
- ¡tú te callas, boca jarro hijo de perra!-
Y subí corriendo a mi casa, dejando que se retorciera de dolor. Mientras subía intentaba crear una explicación lógica a lo que había pasado. No me dio tiempo a enlazar nada. Lo expuse como pude, diciendo que en breve me la devolverían, pero no cuajó. Dos sonoros bofetones me devolvieron a la realidad. Al finalizar el día estaba sin bici nueva, con la cara caliente y enfadado con David. Los mayores no entendían nada.
Años después disfrutaba en la playa de Castellón de una sesión improvisada de haikkus con mis amigos. Salían sin dificultad, regados por las copas, en una noche cálida y agradable, el mar en calma y el cielo tachonado de estrellas. Entre verso y verso mis amigos encadenaron bailes en torno a un grupo de jovencitas de risa alegre y mirada enigmática. El más lanzado, Bisentín, ya estaba invitando a copas a dos de ellas, mientras Carlos dudaba entre otras dos bellezas. Rubén y yo seguíamos nuestro duelo de haikkus mientras Gema no perdía detalle de todo.
Carlos, grandullón incorregible, ya meneaba la cintura al ritmo de la salsa mientras enlazaba su brazo en el talle de una joven y brindaba con la otra con el ron de la mano. Todo parecía fluir con naturalidad. Empieza a trabar conversación con la chica de talle espigado y cara de anuncio de perfume caro. Nosotros nos sorprendemos, porque no es especialmente agraciado; pero la chica lo mira, arrobada, prendada de sus encantos. Bailan, se entrelazan, se acercan, susurran confidencias y enroscan miradas incendiarias.
La temperatura en torno a la pareja va en aumento. Mientras, Bisentín ha desaparecido con otras dos beldades.
Para la pareja no existe nada más que ellos dos bailando a la luz de la luna, frente al mar. Las amigas del bellezón están acodadas en la barra, riendo nerviosas y bebiendo con suavidad. Están extasiadas ante la tensión palpitante.
De pronto surge, cegador, un beso arrebatador, sincero, deseado. Las amigas intercambian risitas como púberes colegialas. A Carlos le pilla de sorpresa, pero no se retira. En cambio ella sí, dejando al hombrón con el morro estirado, como si fuera a beber de una fuente.
La chica se limpia la boca con el dorso de la mano, bebe un gran sorbo de su copa y se gira ante sus amigas, gritando:
- ya está, ya he pagado mi prenda. Podemos irnos.-
El grupito prorrumpe en un griterío histérico, y salen corriendo. Carlos agarra a su pareja, incrédulo. La mira con ojos de cordero sacrificado, pidiendo una respuesta a gritos, incapaz de articular palabra. Ella lo mira con desdén y le escupe:
- era una apuesta. ¿De veras pensabas que iba a liarme contigo?- y sale escopetada.
Carlos se queda descolocado. Como si a un niño le pegas dos tortas sin motivo; aunque le hayan robado la bici. Se deja caer en la toalla. Gema intenta consolarlo, sin éxito. De pronto se mueve inquieto. Algo no encuentra. Furioso, revuelve la ropa, la toalla, la arena. Ha perdido un juego infantil que le regaló su abuela, un par de clavos enredados, un pasatiempo. Le gustaba llevarlo. En momentos puntuales, le gusta sentirlo en su mano, le gusta morderlo. Cuando se angustia o se pone nervioso, le gusta sentir el sabor a óxido de los clavos, le tranquiliza ese amargor. Es algo inconsciente. Y ahora lo necesita. Sin una palabra todos entendemos lo necesario, y nos ponemos de pie y enfilamos el paseo y la carretera, en dirección a la ciudad; todo sin hablar. Sigue nervioso. De vez en cuando, sin que le veamos, o eso piensa él, se acerca curioso a ver algún cartel pegado en alguna farola. Simula leerlo y, con rapidez, sacude un lametazo al óxido de las farolas. Poco a poco se tranquiliza.
Yo observo, y pienso en David, al que no he vuelto a ver; y me pregunto si él también saboreó el óxido esa tarde que se estampó de morros; y dudo si tiene mono de ese sabor, como mi amigo.
- las mujeres a veces somos un poco....así- rompe Gema.
Clarea el día ya, y tras nosotros, una sombra se escabulle.
Busca a Peter Pan y sus intenciones, pienso yo, no son nada buenas.
martes, 5 de octubre de 2010
MIEDO

Al ver campos verdes,
inmensos, inmaculados...
moviéndose al compás del
viento caprichoso, cambiante,
mezquino.
Miedo, por parecerse al
verde de tus ojos,
enigmáticos, huidizos,
inquisitivos,...
Sobrecogedores.
Miedo.
Al contemplar el mar
azul, aterciopelado,
vasto, oceánico...
con el suave vaivén con el
que te mecen las olas...,
deslizándote a su perdición
húmeda...
a su vórtice abismal..
igual que el desaire que
muestran tus ojos índigos...
Miedo...
Bendito daltonismo...
miércoles, 28 de julio de 2010
VOCES

Cuando la conocí fui llevado al éxtasis. Era lo que buscaba, y me fue dado sin pedirlo.
Nos conocimos en la terapia. Ella acudía para salvar su alma, si es que aún tenía.
Yo no sé por qué iba.
Comencé a beber cuando las voces en mi cabeza empezaban a ser insoportables. Bebía hasta la insconsciencia. Cuando las voces parloteaban, empezaba el fin.
Gracias a ellas perdí mi trabajo. Por ellas, y porque me convencieron de que mi jefe sólo me tendría en consideración si le ajustaba las cuentas. Sólo el brillante color y el sabor metálico de la sangre, que manaba a borbotones de la cuenca de su ojo mientras éste pendía hasta su boca me hizo considerar que igual ya había captado el mensaje.
Cuando las voces cantaban, todo era dolor. La bebida anestesiaba, olvidaba, mitigaba. Cuando las voces aullaban la cabeza me dolía. Con el alcohol también, pero menos.
Perdí el siguiente trabajo por borracho. Al menos ya no oía nada. Ahora nadaba en alcohol.
El asistente social me obligó a ir a terapia.
Ella iba por desesperanza. Su último cliente dejó su cara como un mapa del tesoro, y su cuerpo para una visita de un mes al hospital. Mientras se recuperaba aprendió a bucear en vodka.
Elevó mi espíritu, espoleó mi corazón. Abrí al máximo la mente y el aire fresco limpió y quitó las telarañas. Su risa era contagiosa. Su mirada, entre las vendas, como un amanecer en los Picos de Europa. A veces se acurrucaba junto a mí, y lloraba en silencio, con calma pero mostrando el volcán interior que poseía. Era como ver un atardecer en un acantilado, con el mar encrespado y el sol, hinchado y rojo, herido de muerte, hundiéndose en el horizonte. Poco a poco salíamos adelante.
.
.
.
Hasta que volvieron las voces.
Primero una. Luego tres. A veces, quince. La cabeza me dolía, me dolía como una maldita hija de puta. Perdí la cuenta, hasta que preferí perder la cabeza y volver a beber.
Poco a poco se fueron callando. Y entonces habló ella.
- La bebida o yo.-
A la segunda semana el canturreo de las voces era incesante. Dolía, mierda si dolía. Mucho.
Ahora he quedado con ella. Todas las vocecitas se han callado.
Menos una.
Lo último que me ha dicho ha sido:
- Ve y enseña a esa sucia puta quién es el que manda.-
miércoles, 21 de julio de 2010
BOLONDRO

Salí de casa y observé la calle; estaba desierta, salvo por Bolondro, el hijo de la portera, que era tonto de remate.
El calor era achicharrante. Nadie se movía por la calle a la hora de la siesta a excepción de Bolondro. Y, en esta ocasión, yo.
Bolondro era el hijo de la portera, uno que tuvo con un butanero que era conocido en el barrio hasta que preñó a la Conchi, la portera. Después de eso tuvo que cambiarse de trabajo, y hasta de ciudad. Ya se sabe como son en las ciudades pequeñas…
El calor hacía que el asfalto soltara vaharadas de calor y bruma, tóxico y negro.
Yo no era tonto como Bolondro, simplemente me habían castigado por bocazas. En el colegio le había levantado las faldas a una niña y había descubierto que llevaba bragas negras, de vieja.
Estuve toda la mañana diciéndolo por ahí hasta que el Director, de un bofetón, me convenció de que era mejor dejarlo correr y olvidarme de las bragas de mi compi.
En ese momento sus padres estaban hablando con los míos, y a mí me echaron a la calle para no oír nada. Yo estaba nervioso, no sabía si me caería otra torta o si pensarían algo más…
Bolondro era tonto, y no sabía hablar bien. No se expresaba, y apenas hablaba con nadie. Físicamente era un portento, se le daban bien todos los deportes, pero era incapaz de hablar y por ello era tonto de remate. Me saludaba desde lejos con la mano, mientras con la otra sostenía a su perrito, y yo hacía como que no lo veía, mirando al suelo, hasta que unos zapatitos se pusieron junto a mí. Era la niñita del colegio.
-¿Por qué me querías ver las bragas?
- No sé…- dije yo, azorado, mirando a ninguna parte.
- No tenías que levantarme nada, con pedírmelo te las hubiera enseñado yo…
- ¿Ah, sí?...- dije nervioso… el calor tornaba el aire irrespirable, caliente, pesado.
- Si. Todas nos enseñamos las bragas. Si quieres te enseño estas, las he cambiado en casa…
Bolondro jugaba con su perrito, arrojándole palitos y pelotitas para que corriera, dando grititos y graznidos.
Yo, nervioso, tironeaba de la falda de mi amiga para bajársela, mientras ella insistía en subirla, que era más fácil que lo que yo intentaba.
Otro palito al perro. Una mirada pícara. Mis padres y los de ella a carcajadas en el porche. Una pelotita. Un tirón de falda, otra carcajada.
En ese instante el perro brinca entre varios palos que Bolondro ha dispuesto, mientras mi amiga, picarona, consigue subirse las faldas y evitar que yo se las baje y a la vez que gira la calle, a gran velocidad, un vehículo todoterreno, que va directo hacia Bolondro y el perro.
La conductora intentaba poner la radio mientras con la otra mano sostenía un cigarro. No pudo darse cuenta, ni el perro tampoco.
El golpe seco sonó como una rama grande al machacarse. El perro chilló. Literalmente, chilló.
Quedó a escasos centímetros de la parrilla del coche, hecho un guiñapo, entre convulsiones y en medio de un charco de sangre. El chirrido de los frenos retumbó en la calle.
Mis padres y los de ella salieron enseguida, justo cuando Bolondro rompió su sequía, arrancó a llorar y, de pronto, lanzó un chillido inhumano.
Bolondro chillaba, gritaba, insultaba, pataleaba, presa del histerismo.
Mis padres vieron a Bolondro, y luego a mí. Absorto ante el accidente, no reparé en que tenía las manos en las caderas de mi compañera mientras esta seguía con las faldas subidas, y Bolondro seguía a lo suyo.
Esa tarde aprendí que las chicas podían traerme problemas, que Bolondro sabía hablar, y que yo era capaz de soportar varios tortazos en el mismo día y en el mismo carrillo.
El calor era achicharrante. Nadie se movía por la calle a la hora de la siesta a excepción de Bolondro. Y, en esta ocasión, yo.
Bolondro era el hijo de la portera, uno que tuvo con un butanero que era conocido en el barrio hasta que preñó a la Conchi, la portera. Después de eso tuvo que cambiarse de trabajo, y hasta de ciudad. Ya se sabe como son en las ciudades pequeñas…
El calor hacía que el asfalto soltara vaharadas de calor y bruma, tóxico y negro.
Yo no era tonto como Bolondro, simplemente me habían castigado por bocazas. En el colegio le había levantado las faldas a una niña y había descubierto que llevaba bragas negras, de vieja.
Estuve toda la mañana diciéndolo por ahí hasta que el Director, de un bofetón, me convenció de que era mejor dejarlo correr y olvidarme de las bragas de mi compi.
En ese momento sus padres estaban hablando con los míos, y a mí me echaron a la calle para no oír nada. Yo estaba nervioso, no sabía si me caería otra torta o si pensarían algo más…
Bolondro era tonto, y no sabía hablar bien. No se expresaba, y apenas hablaba con nadie. Físicamente era un portento, se le daban bien todos los deportes, pero era incapaz de hablar y por ello era tonto de remate. Me saludaba desde lejos con la mano, mientras con la otra sostenía a su perrito, y yo hacía como que no lo veía, mirando al suelo, hasta que unos zapatitos se pusieron junto a mí. Era la niñita del colegio.
-¿Por qué me querías ver las bragas?
- No sé…- dije yo, azorado, mirando a ninguna parte.
- No tenías que levantarme nada, con pedírmelo te las hubiera enseñado yo…
- ¿Ah, sí?...- dije nervioso… el calor tornaba el aire irrespirable, caliente, pesado.
- Si. Todas nos enseñamos las bragas. Si quieres te enseño estas, las he cambiado en casa…
Bolondro jugaba con su perrito, arrojándole palitos y pelotitas para que corriera, dando grititos y graznidos.
Yo, nervioso, tironeaba de la falda de mi amiga para bajársela, mientras ella insistía en subirla, que era más fácil que lo que yo intentaba.
Otro palito al perro. Una mirada pícara. Mis padres y los de ella a carcajadas en el porche. Una pelotita. Un tirón de falda, otra carcajada.
En ese instante el perro brinca entre varios palos que Bolondro ha dispuesto, mientras mi amiga, picarona, consigue subirse las faldas y evitar que yo se las baje y a la vez que gira la calle, a gran velocidad, un vehículo todoterreno, que va directo hacia Bolondro y el perro.
La conductora intentaba poner la radio mientras con la otra mano sostenía un cigarro. No pudo darse cuenta, ni el perro tampoco.
El golpe seco sonó como una rama grande al machacarse. El perro chilló. Literalmente, chilló.
Quedó a escasos centímetros de la parrilla del coche, hecho un guiñapo, entre convulsiones y en medio de un charco de sangre. El chirrido de los frenos retumbó en la calle.
Mis padres y los de ella salieron enseguida, justo cuando Bolondro rompió su sequía, arrancó a llorar y, de pronto, lanzó un chillido inhumano.
Bolondro chillaba, gritaba, insultaba, pataleaba, presa del histerismo.
Mis padres vieron a Bolondro, y luego a mí. Absorto ante el accidente, no reparé en que tenía las manos en las caderas de mi compañera mientras esta seguía con las faldas subidas, y Bolondro seguía a lo suyo.
Esa tarde aprendí que las chicas podían traerme problemas, que Bolondro sabía hablar, y que yo era capaz de soportar varios tortazos en el mismo día y en el mismo carrillo.
A esos veranos interminables de cuando uno es niño y tiene todo por delante...
jueves, 15 de abril de 2010
ESCENAS: NUDA VERITÁ

El doctor estaba esperándome en la biblioteca, frente a la chimenea, en la que ardían lentamente varios troncos. La biblioteca sorprendía por la cantidad de volúmenes, y lo correctamente ordenados que estaban, tanto por materias como por autores, con especial dedicación a la psiquiatría. Destacaba sobremanera una amplia pared desnuda de libros, ocupada únicamente por cuadros, litografías y grabados. El doctor estaba contemplando algunas de éstas imágenes y, sin mirarme, me invitó con un sutil movimiento de su mano hacia una mesa dispuesta con un refrigerio.
- inspector, le agradezco su visita. Tome asiento, por favor.
- gracias, doctor. He venido en cuanto pude salir de la comisaría.
- ¿tomó la precaución que le pedí de no informar a nadie de nuestra entrevista?
- por supuesto. Todos piensan que voy a recoger unos resultados al Consultorio General.
Dígame, doctor, ¿a qué viene tanta urgencia y tanto misterio? ¿Y ese afán en que nadie sepa nada de nuestro encuentro?
El doctor se giró en ese momento, y avanzó hacia mí, con esa mirada penetrante y esa aura de nobleza que desprendía su porte. Yo me hallaba de pie junto a la mesa, donde pude apreciar un par de copas con vino ya servido, y un platillo humeante que despedía un aroma fascinante. El doctor se acercó, sinuoso, y me ofreció una copa.
- tome, pruebe este vino. Es inmejorable con el manjar del plato...
- doctor, ya sabe que no puedo...- dije, subyugado por el olor que penetraba en mi estómago vacío.
- vamos, inspector. Es una delicia. Tortilla de huevos y sesos acompañada de Manzanilla San León Reserva de la Familia. Un pequeño placer que guardaremos entre nosotros.
- está bien. Sólo por esta vez. – Tomé un poco de la tortilla y probé el vino.- doctor, esto es algo exquisito.... es usted un verdadero gourmet. Lástima que yo esto lo tenga vedado...
- no se preocupe, inspector. Hoy no me vea como su médico, sino como un amigo, un pequeño pilluelo que quiere mostrarle algo.
- Es usted incorregible.
El doctor me guió hasta una zona de la biblioteca donde abundaban las obras sobre gastronomía, vinos, bodegas y artes culinarias. Volúmenes, libros, tratados; todo concerniente al arte de la cocina, el buen yantar, la bebida...
- como ve, inspector, se puede decir que más que una afición, la gastronomía en general para mí es una pasión.
- no lo dudo, doctor. Veo que sabe elegir bien sus gustos. Y veo que le interesa, como a mí, la pintura...- dije, mientras señalaba la pared desnuda de libros, cubierta únicamente por cuadros de diverso tamaño.
- verá, éste de aquí, es una reproducción de El triunfo de Baco, de Velázquez. Conocido también como Los Borrachos. Como puede ver, trata de desdramatizar las consecuencias del vino y la bebida, dando a la escena un toque de celebración. ¿Qué le ha parecido el vino?
- estupendo, doctor, pero ya conoce mis problemas con la bebida...
- tranquilícese. Soy médico, ¿recuerda? Además, quiero que pruebe alguna cosita más que he preparado especialmente para usted. No se preocupe, hoy saltamos la terapia, confíe en mí. - El doctor salió y volvió con una bandeja con otras dos copas de vino, y otro platillo. Me tendió una, y probé otra delicatessen del plato. Soberbio, mejor que la anterior. Mientras, el doctor me mostró otra litografía: la Nuda Veritá, de Klimt. Al lado de ésta, otra litografía del mismo autor: Palas Atenea, que sostenía en la mano una representación de la Veritá. La serpiente se enroscaba en los pies de la muchacha, observando al incauto que se acerca sin percatarse... al igual que el doctor, que esquivaba mis recelos y me servía ya la tercera copa de vino. Mis defensas ya no tenían el brío habitual. Más bien, no poseían ningún brío.
- dígame, inspector, ¿le gusta éste otro vino? Es un Vega Sicilia, Único Magnum, del año 1987. Y acompañando a este civet de corzo, es inigualable.
- doctor, usted si que sabe lo que es bueno. Ay, yo que no debería abusar de...
- no se preocupe, inspector, verá que no es para tanto. Mientras piense qué relación guardan los tres cuadros; Los Borrachos, Palas Atenea y la Nuda Veritá, entre sí.
Como era de esperar, volvió con otra bandeja, esta vez con copas de Champán, y otro platillo. Yo trataba de serenar mi espíritu, y no encontraba ninguna relación entre las imágenes. Cogí la copa de manos del doctor, y tomé un sorbo. Sencillamente sublime.
- ¿y bien, inspector? ¿Ha averiguado la relación existente?
- pues la verdad es que no; oiga, está delicioso.
El doctor asintió - Es un Krug Rosé Non Vintage. Algo realmente soberbio. La relación es clara. La Nuda Veritá, la verdad tal y como es; el vino, que aletarga las penas y regocija el espíritu; Baco; In vino veritas, que dijo Plinio el Viejo...
- ah, claro. Demuestra cómo al abrigo de un buen vino no hay miedos, ni recelos, ni respetos. Sólo la verdad, dura, cruel...
- la Nuda Veritá.
- es usted un genio, doctor.
- ya le dije que esto para mí es una pasión. Es más, mi afán por deleitar con sensaciones diría que es casi una obsesión. Aunque no tanto como el caso que tienen entre manos, el de los cadáveres mutilados y con evidencias de haber sido utilizados en rituales de canibalismo... ¿le sirvo un poco más de Krug?
- gracias. La verdad es que hemos estado dando palos de ciego. Por eso pedí su colaboración, para que nos ayude con el perfil psicológico del sujeto.
- la tiene, pero recuerde que debe ser discreto. Si se corriera la voz, es más que probable que no sentara bien el recurrir a mí y no a su personal cualificado de la comisaría. Cuénteme, ¿qué han averiguado?
- descuide, nadie lo sabe. Ya le digo, perdidos. Por dios, qué bueno está este Krus rosita...
- Krug, inspector. Krug Rosé. ¿Y qué piensan hacer al respecto?
- verá, prométame que no dirá nada, ¿de acuerdo?- el doctor asintió sonriente - hemos pedido consejo a un experto, y le hemos mandado pruebas y fotos. Vendrá la semana que viene. Acabo de recibir su primer informe, y lo llevaba a casa para leerlo con calma. Habla de un sociópata con un ego muy elevado, muy preocupado por los detalles, atormentado seguramente por abusos en su infancia y maltratos constantes. Expresa en sus crímenes la fragilidad de su espíritu, y su poca entereza y moral. Pero comete errores, y según comentó por teléfono, cree poder atraparle sin problemas. Por cierto, ¿le importa que nos sentemos? Este colaborador esta seguro de detenerlo como mucho en dos semanas; piensa que para satisfacer su enorme ansia de notoriedad cometerá un error fatal que lo descubrirá. Pero recuerde, nadie más que yo conoce esta información. Y ahora usted. Sentémonos, por favor.
- claro inspector. Yo le ayudo.
Yo notaba temblores en mis piernas, fruto del alcohol, pero creía que aún tenía la mente clara. El doctor me acercó la silla y se situó por detrás de mí mientras rellenaba las copas. Al instante noté un pinchazo en el cuello, y en cuestión de segundos, mi cuerpo quedó paralizado.
- relájese, no le dolerá. Le he aplicado una mezcla de Popper y Succinilcolina. Estará paralizado y muy tranquilo. Oh vamos inspector, contrólese - dijo mientras miraba mis pies. Mi esfínter había decidido desobedecerme y había soltado lo que contenía. Yo estaba perplejo. El doctor salió, y volvió con el informe de la mano. Lo leía tranquilamente, saboreando Krug con deleite goloso.
- Agente especial W. G.... Estudio psicológico....Conclusiones previas...Así que abusos paternos, maltratos infantiles, mente perturbada, monstruo perverso, fijación materna... bah, y usted, inspector, ¿cuanto hace que no habla con su madre?, ¿sabe que usted es un borracho patético?, ¿sabe que destrozó su matrimonio por el gin-tonic?; ¿sus hijas saben que su diversión es vestirse de prostituta y salir a taconear por las gasolineras, con su arma bien apretada, presa de la excitación? ¿Y se atreven a juzgarme? – Puso su cara a escasos centímetros de la mía – Inspector, huelo su miedo. Y su loción barata. Pero no, hoy disfrutaremos. – Me eché a reír, de puro pánico – así me gusta, disfrute, probará un último bocado, algo exquisito. Criadillas a la plancha, regadas con Amarone. Aunque habrá que lavarlas bien... ¿quiere más Krug? Ah, ya lo dijo el Talmud, “Entró vino, salió un secreto”... -
Dejó un escalpelo acerado en la mesa, y me bajó los pantalones. Tarareaba. No noté nada, ni dolor, ni sangre derramada, ni nada. Solo miedo, miedo y vacío. Sonó el teléfono. Levantó el auricular con el guante ensangrentado.
Pude ver en un extremo su Título de Doctor en Psiquiatría por el estado de Maryland.
Miré a la Nuda Veritá, que parecía sonreír burlona. A su lado Baco estaba serio. Casi al final de la pared descubrí dos grabados más, de Blake: El Anciano de los días, y El Gran Dragón Rojo y la Mujer Vestida de Sol. Cada vez estaba más débil, pero pude captar el aroma que venía de la cocina. Notaba la boca seca. Hubiera dado todo por un vaso de vino.
Dejé de oírle.
Cerré los ojos.
miércoles, 7 de abril de 2010
LA LISTA (V)

A las 14 horas, puntales como siempre, Alex y Gonzo estaban tomando un vino en la barra del restaurante. Dimitri, habitual en él, llegó tarde, y se unió a ellos cuando ya estaban sentados a la mesa. Pidieron lo de siempre en ese local, ibéricos y rabo de toro. Para beber, Ribera del Duero. Al terminar, Montecristo y Whisky. Recordaron tiempos pasados, unos buenos y otros mejores. También los malos.
- Señores, estamos aquí por el caso del otro día, el asesinato en Madrid de la joven de 34 años. – explicó Dimitri.
- La de los pa-papp palillos en los ojjj ojjj, jooder, OJOS.
- Si, la misma. Alex, ¿estás al tanto.? - preguntó Dimitri.
- Sí, he leído la prensa.
- Bien. Existen similitudes con cierto caso que tuvimos entre manos antes de la disolución del grupo
- Dimitri, te refieres al de el asesino en serie?- preguntó Alex
- Si. Ciertos detalles que no salieron a la opinión pública volvieron a repetirse. Tengo permiso del jefe para llevaros a la escena del crimen.
- Ya…, yo no sé si quiero…- terció Alex
- Trrr-ttttranquilo, tu jefe está al ttt… tttanto de todo.
- Y no debes preocuparte, no tiene nada que ver con tu circunstancia personal. No pienses en ello ni en lo que ocurrió, simplemente es una oportunidad para cerrar esa herida.
- Vale. Está bien. Vayamos a verlo.
Cogieron un taxi hasta el hotel Palace, y subieron a la habitación donde ocurrió todo. Antes de entrar llamaron de la central a Gonzo. Bajó al vestíbulo para hablar por teléfono. Alex pensó que era gracioso que eligieran como enlace a Gonzo, con sus problemas de expresión. Dimitri le explicó que así le quitaban presión al asunto, y no lo convertían en un mueble más.
Examinaron la habitación, precintada y con los objetos, una vez analizados, vueltos a poner en su sitio para dejar todo tal y como estaba cuando lo encontraron. Lo que andaban buscando se encontraba en el baño, marcado por escuadras amarillas en el suelo: la huella de una pisada.
Era un 42, algo normal en un varón. Pero la huella de la suela presentaba unos dibujos singulares, poco vistos generalmente en los zapatos normales. La huella estaba en el baño, y se habría producido por la condensación del vapor al ducharse con agua caliente durante un buen rato. Esa condensación, de manera común, se depositaba en espejos y cromados, pero también en los azulejos del suelo, donde era muy fácil dejar una huella sin pretenderlo.
Al lado de esa huella, algo extraño: una pequeña pieza metálica dentro de una bolsita de plástico.
- Y ¿esto qué es? – preguntó Alex.
- Una parte del zapato, creemos. – contestó el policía de guardia.
- ¿Puedo llevármelo? Conozco una persona que podrá aclararnos un poco de dónde proviene.
- Señor, con el debido respeto, no sé si puedo…- comenzó a excusarse el agente…
- Agente, soy Dimitri, oficial al mando de la investigación. Éste que ve aquí es Alex, antiguo oficial de la misma sección. Va a entrar en el caso. Podemos llevárnoslo.
- Claro señor. Disculpe, sólo pretendía…, pero rellenen el formulario y entréguenselo a García, ¿de acuerdo?
- Por supuesto. Ven, Alex, volvamos a comisaría.
Mientras iban a la comisaría, Alex llamó a un viejo contacto. Le indicó a Dimitri que se desviara un momento y que parara en la acera. Entró en una vieja tienda de antigüedades. Salió poco después, con la plaquita metálica de la mano.
- Es Rutenio. Un elemento químico de número atómico 44. Símbolo RU. Es un metal de transición, del grupo del platino. – explicó Alex.
- ¿Sirve para algo?
- El rutenio no desempeña ningún papel biológico, pero puede ser carcinógeno y se puede acumular en los huesos. Habrá que llamar a hospitales y a Louis Vuitton.
- ¿Para?
- Este rutenio pertenece a un zapato de esa marca, concretamente a los Richelieu-Manhattan de piel de cocodrilo encerada.
- ¿Cocodrilo?- preguntó Dimitri.
- Si. 10.000 dólares el par, unos siete mil cuatrocientos euros al cambio.
- Fiiu. No habrá mucha gente que los compre.
- Si cruzamos la lista con la de medicamentos contra el cáncer igual alguno coincide…
García era un tipo taciturno, el encargado del archivo de objetos de los casos en curso. Les entregó lo encontrado en el Palace. De todas las cosas sobresalía una nota, a ordenador, que parecía no tener mucho sentido:
Mientes al hablar
Intentas superar
Esperas obtener perdón
Duele recordar?
O prefieres ignorar?
Al final pagarás
Lento y seguro
El hombre enfurecido no tiene ojos
Satisface la deuda eterna
Purifica tu culpa
Encuentra la verdad
Junta tus plegarias
Olvida las penas
- No le veo sentido. ¿A ti te dice algo, Alex?
- Ya lo creo. Junta las iniciales.
- ¿Las iniciales?, A ver, espera…
MIEDO AL ESPEJO?
- MIEDO AL ESPEJO. Esa nota es para mí, Dimitri.
- Por dios, ¿sigues teniendo pesadillas?
- Todos los días. Y no sé cómo, pero ese cabrón lo sabe.
- Señores, estamos aquí por el caso del otro día, el asesinato en Madrid de la joven de 34 años. – explicó Dimitri.
- La de los pa-papp palillos en los ojjj ojjj, jooder, OJOS.
- Si, la misma. Alex, ¿estás al tanto.? - preguntó Dimitri.
- Sí, he leído la prensa.
- Bien. Existen similitudes con cierto caso que tuvimos entre manos antes de la disolución del grupo
- Dimitri, te refieres al de el asesino en serie?- preguntó Alex
- Si. Ciertos detalles que no salieron a la opinión pública volvieron a repetirse. Tengo permiso del jefe para llevaros a la escena del crimen.
- Ya…, yo no sé si quiero…- terció Alex
- Trrr-ttttranquilo, tu jefe está al ttt… tttanto de todo.
- Y no debes preocuparte, no tiene nada que ver con tu circunstancia personal. No pienses en ello ni en lo que ocurrió, simplemente es una oportunidad para cerrar esa herida.
- Vale. Está bien. Vayamos a verlo.
Cogieron un taxi hasta el hotel Palace, y subieron a la habitación donde ocurrió todo. Antes de entrar llamaron de la central a Gonzo. Bajó al vestíbulo para hablar por teléfono. Alex pensó que era gracioso que eligieran como enlace a Gonzo, con sus problemas de expresión. Dimitri le explicó que así le quitaban presión al asunto, y no lo convertían en un mueble más.
Examinaron la habitación, precintada y con los objetos, una vez analizados, vueltos a poner en su sitio para dejar todo tal y como estaba cuando lo encontraron. Lo que andaban buscando se encontraba en el baño, marcado por escuadras amarillas en el suelo: la huella de una pisada.
Era un 42, algo normal en un varón. Pero la huella de la suela presentaba unos dibujos singulares, poco vistos generalmente en los zapatos normales. La huella estaba en el baño, y se habría producido por la condensación del vapor al ducharse con agua caliente durante un buen rato. Esa condensación, de manera común, se depositaba en espejos y cromados, pero también en los azulejos del suelo, donde era muy fácil dejar una huella sin pretenderlo.
Al lado de esa huella, algo extraño: una pequeña pieza metálica dentro de una bolsita de plástico.
- Y ¿esto qué es? – preguntó Alex.
- Una parte del zapato, creemos. – contestó el policía de guardia.
- ¿Puedo llevármelo? Conozco una persona que podrá aclararnos un poco de dónde proviene.
- Señor, con el debido respeto, no sé si puedo…- comenzó a excusarse el agente…
- Agente, soy Dimitri, oficial al mando de la investigación. Éste que ve aquí es Alex, antiguo oficial de la misma sección. Va a entrar en el caso. Podemos llevárnoslo.
- Claro señor. Disculpe, sólo pretendía…, pero rellenen el formulario y entréguenselo a García, ¿de acuerdo?
- Por supuesto. Ven, Alex, volvamos a comisaría.
Mientras iban a la comisaría, Alex llamó a un viejo contacto. Le indicó a Dimitri que se desviara un momento y que parara en la acera. Entró en una vieja tienda de antigüedades. Salió poco después, con la plaquita metálica de la mano.
- Es Rutenio. Un elemento químico de número atómico 44. Símbolo RU. Es un metal de transición, del grupo del platino. – explicó Alex.
- ¿Sirve para algo?
- El rutenio no desempeña ningún papel biológico, pero puede ser carcinógeno y se puede acumular en los huesos. Habrá que llamar a hospitales y a Louis Vuitton.
- ¿Para?
- Este rutenio pertenece a un zapato de esa marca, concretamente a los Richelieu-Manhattan de piel de cocodrilo encerada.
- ¿Cocodrilo?- preguntó Dimitri.
- Si. 10.000 dólares el par, unos siete mil cuatrocientos euros al cambio.
- Fiiu. No habrá mucha gente que los compre.
- Si cruzamos la lista con la de medicamentos contra el cáncer igual alguno coincide…
García era un tipo taciturno, el encargado del archivo de objetos de los casos en curso. Les entregó lo encontrado en el Palace. De todas las cosas sobresalía una nota, a ordenador, que parecía no tener mucho sentido:
Mientes al hablar
Intentas superar
Esperas obtener perdón
Duele recordar?
O prefieres ignorar?
Al final pagarás
Lento y seguro
El hombre enfurecido no tiene ojos
Satisface la deuda eterna
Purifica tu culpa
Encuentra la verdad
Junta tus plegarias
Olvida las penas
- No le veo sentido. ¿A ti te dice algo, Alex?
- Ya lo creo. Junta las iniciales.
- ¿Las iniciales?, A ver, espera…
MIEDO AL ESPEJO?
- MIEDO AL ESPEJO. Esa nota es para mí, Dimitri.
- Por dios, ¿sigues teniendo pesadillas?
- Todos los días. Y no sé cómo, pero ese cabrón lo sabe.
jueves, 18 de marzo de 2010
LA LISTA (IV)

Oriental, 34 años. Morena, delgada, atractiva y simpática. Heterosexual, afincada en Valencia. Aficionada a la naturaleza. Marchante de arte.
Se trasladó a Valencia para discutir con ella sobre varias obras de su propiedad, y sobre otras que pretendía comprar. Pasaron una tarde agradable, pero formal.
Se desplazaron a Oropesa para ultimar una operación de compra. Una vez decidida la compra, con la valiosa información que ella le proporcionó, la propuso ir a cenar.
Ella se negó. El insistió.
Se volvió a negar. Adujo costumbres.
- Nunca mezclo trabajo con ocio o placer.
- ¿Nunca sale con nadie que le pide consejo o solicita sus servicios profesionales?
- No. Son cosas totalmente distintas, y no quiero mezclarlas ni que tenga la posibilidad de relacionarse mi trabajo con mis aficiones.
- Al menos permita que la invite a una copa antes de llevarla de vuelta a Valencia.
- No es necesario que me lleve. Vendrán a buscarme.
- Y, ¿acepta esa copa en lo que espera que la recojan?
- No se rinde usted nunca, ¿verdad?
- Si merece la pena, no.
- Bien, vayamos al bar del Hotel Marina D´Or 5.
- Buena elección
Seguidamente ella sacó un teléfono móvil y pulsó un número de la agenda. Sólo dijo varias palabras, escuetas:
- Lenin. Marina 5. Media hora.
Conversaron durante la copa. Ella se mantenía distante, fría, pero sin dejar de ser educada y atenta. Aunque su conversación indicaba que seguía atentamente lo que intentaba mostrarle su cliente, su rostro y su expresión corporal indicaban ausencia, rechazo. No quería estar ahí.
Él intentó, de súbito, rozar su mano. La pilló desprevenida. Reaccionó como si hubiera metido la mano en un montón de ascuas ardiendo. En ese momento el camarero la indicó que la estaban esperando. Se levantó y, despidiéndose cortésmente, se alejó.
Pudo ver el vehículo en el cual partía hacia Valencia.
Intercambió unas palabras con el camarero. Tras varios asentimientos, deslizó un par de billetes de cincuenta euros bajo la mano de éste. Conversó un poco más con él y, al terminar, soltó otro billete, esta vez de doscientos euros. Salió, montó en su vehículo y tomó dirección Valencia. A los pocos kilómetros se colocó detrás del coche de la marchante. Se cercioró de que era el vehículo que buscaba, y aminoró la marcha, dejando tres coches de espacio entre el suyo y el de ella.
Tiempo después entraba en Valencia. Siguió al coche hasta que torció en la calle Balmes y ralentizó la marcha para comprobar el garaje al que accedía. Esperó, hasta comprobar que nada más entrar el coche en el garaje un chico de aspecto hispano salía de un café cercano y entraba en el portal. Se encendieron luces en el bajo y el primer piso, y pudo divisar a la chica por los amplios ventanales. Al parecer discutía con una o dos personas.
Arrancó el coche y salió a la autopista, de nuevo hacia Oropesa.
Llegó al hotel Marina 5 y caminó hasta la parte trasera. Esperó hasta que salió el camarero con quien había conversado antes. Éste parecía nervioso, pero a base de caricias y arrumacos se tranquilizó. Le pasó un brazo por la cintura, mientras tonteaba con él y caminaban hacia la esquina. El camarero sacó un sobre, que éste revisó y guardó en la chaqueta.
Al doblar la esquina, de un puñetazo el camarero se fue al suelo. Le puso un pañuelo en la boca, y cayó dormido al instante.
Poco después yacía en el maletero de un coche alquilado a su nombre, en dirección a Valencia.
Se trasladó a Valencia para discutir con ella sobre varias obras de su propiedad, y sobre otras que pretendía comprar. Pasaron una tarde agradable, pero formal.
Se desplazaron a Oropesa para ultimar una operación de compra. Una vez decidida la compra, con la valiosa información que ella le proporcionó, la propuso ir a cenar.
Ella se negó. El insistió.
Se volvió a negar. Adujo costumbres.
- Nunca mezclo trabajo con ocio o placer.
- ¿Nunca sale con nadie que le pide consejo o solicita sus servicios profesionales?
- No. Son cosas totalmente distintas, y no quiero mezclarlas ni que tenga la posibilidad de relacionarse mi trabajo con mis aficiones.
- Al menos permita que la invite a una copa antes de llevarla de vuelta a Valencia.
- No es necesario que me lleve. Vendrán a buscarme.
- Y, ¿acepta esa copa en lo que espera que la recojan?
- No se rinde usted nunca, ¿verdad?
- Si merece la pena, no.
- Bien, vayamos al bar del Hotel Marina D´Or 5.
- Buena elección
Seguidamente ella sacó un teléfono móvil y pulsó un número de la agenda. Sólo dijo varias palabras, escuetas:
- Lenin. Marina 5. Media hora.
Conversaron durante la copa. Ella se mantenía distante, fría, pero sin dejar de ser educada y atenta. Aunque su conversación indicaba que seguía atentamente lo que intentaba mostrarle su cliente, su rostro y su expresión corporal indicaban ausencia, rechazo. No quería estar ahí.
Él intentó, de súbito, rozar su mano. La pilló desprevenida. Reaccionó como si hubiera metido la mano en un montón de ascuas ardiendo. En ese momento el camarero la indicó que la estaban esperando. Se levantó y, despidiéndose cortésmente, se alejó.
Pudo ver el vehículo en el cual partía hacia Valencia.
Intercambió unas palabras con el camarero. Tras varios asentimientos, deslizó un par de billetes de cincuenta euros bajo la mano de éste. Conversó un poco más con él y, al terminar, soltó otro billete, esta vez de doscientos euros. Salió, montó en su vehículo y tomó dirección Valencia. A los pocos kilómetros se colocó detrás del coche de la marchante. Se cercioró de que era el vehículo que buscaba, y aminoró la marcha, dejando tres coches de espacio entre el suyo y el de ella.
Tiempo después entraba en Valencia. Siguió al coche hasta que torció en la calle Balmes y ralentizó la marcha para comprobar el garaje al que accedía. Esperó, hasta comprobar que nada más entrar el coche en el garaje un chico de aspecto hispano salía de un café cercano y entraba en el portal. Se encendieron luces en el bajo y el primer piso, y pudo divisar a la chica por los amplios ventanales. Al parecer discutía con una o dos personas.
Arrancó el coche y salió a la autopista, de nuevo hacia Oropesa.
Llegó al hotel Marina 5 y caminó hasta la parte trasera. Esperó hasta que salió el camarero con quien había conversado antes. Éste parecía nervioso, pero a base de caricias y arrumacos se tranquilizó. Le pasó un brazo por la cintura, mientras tonteaba con él y caminaban hacia la esquina. El camarero sacó un sobre, que éste revisó y guardó en la chaqueta.
Al doblar la esquina, de un puñetazo el camarero se fue al suelo. Le puso un pañuelo en la boca, y cayó dormido al instante.
Poco después yacía en el maletero de un coche alquilado a su nombre, en dirección a Valencia.
Pronto más información...
jueves, 11 de marzo de 2010
LA LISTA (III)

Recuerdan el primer caso juntos, el que forjó la amistad y confianza férrea en el otro. Aún parece que fue ayer cuando esperaban en el coche, mientras en la calle…
…en la calle llueve a cántaros. Están situados en la entrada de un mercado, en una barriada marginal de una ciudad europea. Se han acabado las prácticas ya. Hoy toca estreno, y es una papeleta difícil.
- Señores, esta es la situación. El inspector Alejandro López, de la policía española, será la punta de lanza. Dimitri, de la FSB, cubrirá su culo, inspector López. Su compañero González estará arriba limpiando su vía de escape. Dos agentes británicos están dentro. No opondrán resistencia.
Todos ustedes conocen al sujeto que queremos pillar. Cuando pida clemencia, recuerden que le buscamos por violación y asesinato de menores, maltrato, y torturas a disminuidos. Es posible que lloriquee un poco. Si es así, graben a fuego en su mente la imagen de los niños destripados y abiertos en canal; era su máxima diversión. Según lo previsto los británicos han limpiado la zona de abajo. La de arriba es cosa nuestra. Los quiero a todos. Da igual si vivos, muertos, a trozos o por fax ¿alguna duda?
- No, señor.
…en la calle llueve a cántaros. Están situados en la entrada de un mercado, en una barriada marginal de una ciudad europea. Se han acabado las prácticas ya. Hoy toca estreno, y es una papeleta difícil.
- Señores, esta es la situación. El inspector Alejandro López, de la policía española, será la punta de lanza. Dimitri, de la FSB, cubrirá su culo, inspector López. Su compañero González estará arriba limpiando su vía de escape. Dos agentes británicos están dentro. No opondrán resistencia.
Todos ustedes conocen al sujeto que queremos pillar. Cuando pida clemencia, recuerden que le buscamos por violación y asesinato de menores, maltrato, y torturas a disminuidos. Es posible que lloriquee un poco. Si es así, graben a fuego en su mente la imagen de los niños destripados y abiertos en canal; era su máxima diversión. Según lo previsto los británicos han limpiado la zona de abajo. La de arriba es cosa nuestra. Los quiero a todos. Da igual si vivos, muertos, a trozos o por fax ¿alguna duda?
- No, señor.
- Dimitri eh?, oye, ¿Qué significa FSB?- preguntó Alex
- Federal'naya Sluzhba Bezopasnosti. Servicio Federal de Seguridad.
- ¿Como el KGB?- inquirió González
- Si. Somos la agencia sucesora del KGB.
- Ah, pues bien.
- Nenas, al turrón. Vamos, salid fuera.
Salieron fuera. Gonzo se dirigió a una escalera exterior y subió al tercer piso. Desde allí cubriría la marcha atrás de sus compañeros. Alex y Dimitri avanzaron a toda prisa hasta la puerta…
Se armó la de Dios es Cristo. Todo era humo, astillas, casquillos de bala y sangre por doquier. Las balas silbaban y perforaban todo lo que encontraban a su paso. Algo se tuerce y liquidan a toda la banda, dejando vivo sólo a un correo, un muchacho paliducho, de aspecto enfermizo y cara granujienta. Cuatro policías murieron en la refriega. Dimitri se llevó dos balazos en una pierna. Alex recibió una bala desviada que le rozó la sien, un corte en el cuello y un balazo a quemarropa en el pecho que le provocó un morado enorme y un dolor de pecho tremendo durante dos semanas. Y eso gracias a la placa de cerámica del chaleco.
Gonzo se llevó la peor parte. Un balazo le destrozó la clavícula. Recibió dos navajazos en la cara y una nube de perdigones en el culo. Tuvo que dormir boca arriba durante un mes. Aún recuerda el dolor lacerante…
- … no veas cc ccomo me dolía el pput- putto culo, tío.
- Lo sé. Anda que no era gracioso verte, Gonzo.
- Calla, c-cabrón. Tchek!
Y, en ese momento, un tic recorrió su brazo e hizo que se tirara el Whisky por la cara.
- Caggg- joder. MIERDA!!
- Jaja. Toma una servilleta. Venga, vámonos, que ya es tarde y llevo muchas copas encima.
- Vale. Ccóbrese.
Mientras se ponían sus chaquetas, el camarero les trajo la vuelta.
- Aquí tienen, señores. Que tengan buena noche.
- Grr- gracias CARA CULO! Joder, pperdón.
Y salió corriendo. Alex subió a su habitación, se puso el pijama y cerró la ventana, bajando la persiana y corriendo las cortinas. Cerró la puerta del baño, cubrió el espejo con una sábana y se metió en la cama.
Volvió a soñar.
Iba sobre una tabla de surf, en medio de un mar embravecido. El sol, a punto de ocultarse, tenía el agua de tonos ambarinos, casi rojizos. Él se aferraba con fiereza a la vela de la tabla, nervioso. Con un golpe de mar fue arrojado a las aguas. Comprobó con asombro que no era agua, sino sangre, a borbotones. Intentó asirse a la tabla y volver a subir, y cuando consiguió alcanzarla, descubrió que la vela no era tal. Era una cuchilla enorme, mellada, con cuajarones de sangre coagulados, y restos de pelo adheridos al filo.
Despertó empapado, moviendo los brazos e intentando despegarse la sangre que le embadurnaba. Estaba cubierto de sudor. Suspiró, y se sentó en la cama. Se sirvió una copa, y se la embutió de un golpe. Sentado en la cama, recordaba cosas que no quería rememorar, mientras se tomaba la segunda copa.
Poco a poco le fue venciendo el sueño, hasta que terminó recostado en la cama con el vaso encima, dormido, sin atisbo de preocupaciones.
viernes, 5 de marzo de 2010
LA LISTA (II)

El salón estaba en penumbra. Figuritas de cerámica, algunas medio rotas o mal pegadas, yacían por la mesa mal dispuesta. Papeles y recortes de prensa se amontonaban junto a lápices y bolígrafos a medio gastar.
Las llamas de la chimenea provocaban temblorosas sombras en las paredes. Un mar ambarino refulgía en la copa que sujetaba en las manos. Estaba dormido. El libro, antes apoyado en las piernas, ahora estaba en el suelo, mostrando la cara sonriente del autor en la contraportada, en una de esas fotos de las que luego se arrepienten todos de haberlas hecho.
La casa, de dos plantas, estaba sumergida en sombras. Silencio absoluto, roto por algún que otro petardeo de la chimenea, y por sus ronquidos.
En la urbanización, era el único chalet habitado en varias manzanas. El invierno, frío y desapacible, invitaba poco a habitar esas casas, destinadas y diseñadas para el uso veraniego.
Sonó el móvil. El hombre se sobresaltó y derramó la copa de brandy por la pierna y la alfombra. Del impulso, colgó la llamada, mientras se miraba la pernera mojada y mascullaba:
- Pero qué mierda es esta…
Vio que no conocía el teléfono que le había despertado. Dejó el móvil en la mesita, y removió un poco la chimenea. Se desperezó, mientras cogía un par de troncos y los echaba dentro.
El móvil volvió a sonar. No conocía el número, y su agenda estaba vacía. No tenía ningún teléfono registrado.
- ¿Digame?
- Señor López?
- Si, ¿quien llama?
- ¿Alexei? ¿Eres tú?
- Si. ¿Dimitri?
- Si. Válgame el cielo, Alexei. Me ha costado mucho dar contigo.
- Dimitri!, hace tiempo que no sabía nada de ti.
- Si, Alexei. Hace tiempo que no quieres saber nada.
- Entiende que, con lo que ocurrió, pues…
- Si. Tranquilo. Oye, vente a Madrid este sábado y comamos juntos. Tengo ganas de verte.
- ¿El sábado? ¿mañana? No sé si podré.
- Vamos, Inspector. No puedes faltar.
- Sub-inspector. No lo olvides, viejo amigo.
- Venga. Te espero donde siempre.
- ¿De la Riva?
- Si. A las dos. No te preocupes, dormirás en mi casa.
- No, iré a un hotel, gracias. Además creo que iré hoy, si puedo.
- Bien. Si necesitas algo, llámame.
- Gracias.
Mientras hablaba, había salido al pasillo y paseado por él, mirando todo y a la vez sin darse cuenta de nada. Mirada perdida, sin fijarla en ningún sitio, hasta que descubrió el enorme espejo encima del aparador. La sábana que lo cubría se había desplazado un poco, y mostraba una esquina y casi todo un lateral. Rápidamente lo cubrió de nuevo.
Entró en su habitación y preparó una maleta pequeña. Dos trajes, muda, varias camisas y el pijama. Bolsa de aseo con todo lo necesario. De su mesita de noche sacó su arma, una Walther PP del 9 corto. La sopesó, y la guardó de nuevo. Se dirigió al armario, abrió el altillo y extrajo de él una caja de madera con incrustaciones de nácar. Dentro de ella, su revólver, regalo especial de Dimitri. Un Smith & Wesson modelo 29, con su funda sobaquera en piel. La colocó en la maleta.
De un cajón del armario sacó su otra arma, la Beretta 950B. La colocó en su funda tobillera y se la anudó. Salió al pasillo. En el aparador descansaba su teléfono. Llamó e hizo una reserva de dos noches en el Claridge. Comprobó que la puerta de la escalera, que llevaba al segundo piso, estuviera cerrada.
Redujo el fuego a rescoldos y cerró el salón. Apagó la luz del aparador, salió y cerró la puerta. Todo en la casa destilaba oscuridad y silencio. El espejo seguía tapado. Las fotos del aparador, todas vueltas hacia la pared, o boca abajo.
Cerró la verja, arrancó el coche y salió a la autovía, dirección Madrid. El coche era viejo, pero aún aguantaba bien, y tenía buena punta de velocidad. Puso música; de Goldfrapp pasó a Rammstein, Muse, Metallica, y luego la nada. No tenía ganas de música.
Comenzaba a llover cuando llegaba a Madrid. El aparcacoches guió su coche, y éste vio como lo engullía la boca inmensa del garaje.
Un botones se aprestó a coger su maleta. En la recepción, una atractiva morena le sonrió y le preguntó si deseaba algo.
- Si. Tengo una reserva. Alejandro López.
- Un momento, Señor López…ajá, aquí está. Habitación 710. ¿me deja su documento de identidad, por favor?.. no, espere. Sale aquí su ficha.
- ¿710, verdad?
- Si. ¿Desea algo más?
- ¿El restaurante está abierto?
- Si. Si lo desea, podemos subirle a su habitación lo que pida...
- No, gracias, el restaurante estará bien.
- Disfrute de su estancia entre nosotros. Bautista, lleve la maleta del señor a la 710.
- Gracias, señorita.
Después de colocar las cosas bajó al restaurante. Pidió algo frugal, ensalada y bistec. De postre, helado, y un café con hielo. Renegó del chupito. Tomaría una copa en el bar.
En la barra del bar pidió un Montecristo, e hizo una concesión a sus años de actividad; pidió un Seven Tiki con limón.
Una mano se posó en su hombro. Sobresaltado, se giró, echando mano a su sobaquera y maldiciendo, porque había dejado su arma en la habitación.
- Tra-tranquilo, Alex
- Por dios, Gonzo, no me pegues estos sustos.
- Me a-a-alegro de verte, Alex, cabronazo.
Se abrazó con su amigo y antiguo compañero. Se sentó frente a él. En ese instante, el camarero se le acercó y le preguntó:
- ¿Desea algo el caballero?
- Whi-whisky. Macallan. Con dos piedras. ¡vamos, hijo de puta!
Seguidamente se puso colorado, y se fue corriendo al baño. El camarero se quedó mirando a Alex, con los ojos como platos. Alex rió, y le aclaró al azorado camarero:
- Discúlpele. Su intención no fue ofenderle. Padece el síndrome de Tourette.
- Síndrome de ¿qué?
- Es una enfermedad neurológica, algo compleja, con tics, movimientos involuntarios, toses, carraspeos, y palabras malsonantes u ofensivas.
Créame si le digo que está profundamente avergonzado de lo ocurrido. En adelante, si necesita algo, diríjase a mí, ¿de acuerdo?
- Por supuesto, señor. No hay problema.
- Gracias.
Pedro González, alias Gonzo, regresó del baño, con una mezcla en la cara de diversión y vergüenza. Alex rió torvamente, mientras le tendía su Whisky.
- Tranquilo. El camarero ya está avisado. ¿cómo llevas lo de tu síndrome? Y, ¿cómo sabías que estaba aquí?
- Dimi-dimitri me avisó. El síndrome, pues dando por culo, como siempre.
Y dicho esto, chasqueó la lengua (tchek), y puso los ojos en blanco, con cara de no haber roto un plato nunca.
- La vieja gu-gu-gu, MIERDA!!, la vieja guarddddia vuelve de nnu-nuevo
- Eh, calma. Sólo es una reunión informal. Dimitri me citó a comer mañana, y no sé nada más.
- Ah, pues va-va-vale. No diré nada más.
- ¿Algo que yo no sepa?
- Todo a su-su-su PUTA MADRE!, a su tiempo.
Pasaron las horas muertas recordando sus antiguos casos. Sus intervenciones, antes la última, la que denominan LA GRAN CAGADA.
Las llamas de la chimenea provocaban temblorosas sombras en las paredes. Un mar ambarino refulgía en la copa que sujetaba en las manos. Estaba dormido. El libro, antes apoyado en las piernas, ahora estaba en el suelo, mostrando la cara sonriente del autor en la contraportada, en una de esas fotos de las que luego se arrepienten todos de haberlas hecho.
La casa, de dos plantas, estaba sumergida en sombras. Silencio absoluto, roto por algún que otro petardeo de la chimenea, y por sus ronquidos.
En la urbanización, era el único chalet habitado en varias manzanas. El invierno, frío y desapacible, invitaba poco a habitar esas casas, destinadas y diseñadas para el uso veraniego.
Sonó el móvil. El hombre se sobresaltó y derramó la copa de brandy por la pierna y la alfombra. Del impulso, colgó la llamada, mientras se miraba la pernera mojada y mascullaba:
- Pero qué mierda es esta…
Vio que no conocía el teléfono que le había despertado. Dejó el móvil en la mesita, y removió un poco la chimenea. Se desperezó, mientras cogía un par de troncos y los echaba dentro.
El móvil volvió a sonar. No conocía el número, y su agenda estaba vacía. No tenía ningún teléfono registrado.
- ¿Digame?
- Señor López?
- Si, ¿quien llama?
- ¿Alexei? ¿Eres tú?
- Si. ¿Dimitri?
- Si. Válgame el cielo, Alexei. Me ha costado mucho dar contigo.
- Dimitri!, hace tiempo que no sabía nada de ti.
- Si, Alexei. Hace tiempo que no quieres saber nada.
- Entiende que, con lo que ocurrió, pues…
- Si. Tranquilo. Oye, vente a Madrid este sábado y comamos juntos. Tengo ganas de verte.
- ¿El sábado? ¿mañana? No sé si podré.
- Vamos, Inspector. No puedes faltar.
- Sub-inspector. No lo olvides, viejo amigo.
- Venga. Te espero donde siempre.
- ¿De la Riva?
- Si. A las dos. No te preocupes, dormirás en mi casa.
- No, iré a un hotel, gracias. Además creo que iré hoy, si puedo.
- Bien. Si necesitas algo, llámame.
- Gracias.
Mientras hablaba, había salido al pasillo y paseado por él, mirando todo y a la vez sin darse cuenta de nada. Mirada perdida, sin fijarla en ningún sitio, hasta que descubrió el enorme espejo encima del aparador. La sábana que lo cubría se había desplazado un poco, y mostraba una esquina y casi todo un lateral. Rápidamente lo cubrió de nuevo.
Entró en su habitación y preparó una maleta pequeña. Dos trajes, muda, varias camisas y el pijama. Bolsa de aseo con todo lo necesario. De su mesita de noche sacó su arma, una Walther PP del 9 corto. La sopesó, y la guardó de nuevo. Se dirigió al armario, abrió el altillo y extrajo de él una caja de madera con incrustaciones de nácar. Dentro de ella, su revólver, regalo especial de Dimitri. Un Smith & Wesson modelo 29, con su funda sobaquera en piel. La colocó en la maleta.
De un cajón del armario sacó su otra arma, la Beretta 950B. La colocó en su funda tobillera y se la anudó. Salió al pasillo. En el aparador descansaba su teléfono. Llamó e hizo una reserva de dos noches en el Claridge. Comprobó que la puerta de la escalera, que llevaba al segundo piso, estuviera cerrada.
Redujo el fuego a rescoldos y cerró el salón. Apagó la luz del aparador, salió y cerró la puerta. Todo en la casa destilaba oscuridad y silencio. El espejo seguía tapado. Las fotos del aparador, todas vueltas hacia la pared, o boca abajo.
Cerró la verja, arrancó el coche y salió a la autovía, dirección Madrid. El coche era viejo, pero aún aguantaba bien, y tenía buena punta de velocidad. Puso música; de Goldfrapp pasó a Rammstein, Muse, Metallica, y luego la nada. No tenía ganas de música.
Comenzaba a llover cuando llegaba a Madrid. El aparcacoches guió su coche, y éste vio como lo engullía la boca inmensa del garaje.
Un botones se aprestó a coger su maleta. En la recepción, una atractiva morena le sonrió y le preguntó si deseaba algo.
- Si. Tengo una reserva. Alejandro López.
- Un momento, Señor López…ajá, aquí está. Habitación 710. ¿me deja su documento de identidad, por favor?.. no, espere. Sale aquí su ficha.
- ¿710, verdad?
- Si. ¿Desea algo más?
- ¿El restaurante está abierto?
- Si. Si lo desea, podemos subirle a su habitación lo que pida...
- No, gracias, el restaurante estará bien.
- Disfrute de su estancia entre nosotros. Bautista, lleve la maleta del señor a la 710.
- Gracias, señorita.
Después de colocar las cosas bajó al restaurante. Pidió algo frugal, ensalada y bistec. De postre, helado, y un café con hielo. Renegó del chupito. Tomaría una copa en el bar.
En la barra del bar pidió un Montecristo, e hizo una concesión a sus años de actividad; pidió un Seven Tiki con limón.
Una mano se posó en su hombro. Sobresaltado, se giró, echando mano a su sobaquera y maldiciendo, porque había dejado su arma en la habitación.
- Tra-tranquilo, Alex
- Por dios, Gonzo, no me pegues estos sustos.
- Me a-a-alegro de verte, Alex, cabronazo.
Se abrazó con su amigo y antiguo compañero. Se sentó frente a él. En ese instante, el camarero se le acercó y le preguntó:
- ¿Desea algo el caballero?
- Whi-whisky. Macallan. Con dos piedras. ¡vamos, hijo de puta!
Seguidamente se puso colorado, y se fue corriendo al baño. El camarero se quedó mirando a Alex, con los ojos como platos. Alex rió, y le aclaró al azorado camarero:
- Discúlpele. Su intención no fue ofenderle. Padece el síndrome de Tourette.
- Síndrome de ¿qué?
- Es una enfermedad neurológica, algo compleja, con tics, movimientos involuntarios, toses, carraspeos, y palabras malsonantes u ofensivas.
Créame si le digo que está profundamente avergonzado de lo ocurrido. En adelante, si necesita algo, diríjase a mí, ¿de acuerdo?
- Por supuesto, señor. No hay problema.
- Gracias.
Pedro González, alias Gonzo, regresó del baño, con una mezcla en la cara de diversión y vergüenza. Alex rió torvamente, mientras le tendía su Whisky.
- Tranquilo. El camarero ya está avisado. ¿cómo llevas lo de tu síndrome? Y, ¿cómo sabías que estaba aquí?
- Dimi-dimitri me avisó. El síndrome, pues dando por culo, como siempre.
Y dicho esto, chasqueó la lengua (tchek), y puso los ojos en blanco, con cara de no haber roto un plato nunca.
- La vieja gu-gu-gu, MIERDA!!, la vieja guarddddia vuelve de nnu-nuevo
- Eh, calma. Sólo es una reunión informal. Dimitri me citó a comer mañana, y no sé nada más.
- Ah, pues va-va-vale. No diré nada más.
- ¿Algo que yo no sepa?
- Todo a su-su-su PUTA MADRE!, a su tiempo.
Pasaron las horas muertas recordando sus antiguos casos. Sus intervenciones, antes la última, la que denominan LA GRAN CAGADA.
martes, 23 de febrero de 2010
LA LISTA

34 años, castaña, hermosa, heterosexual, soltera, administrativa, madrileña, aficionada a los restaurantes japoneses.
Busca pareja.
Busca pareja.
Hermosa, muy hermosa, dolorosamente hermosa.
La descripción era incompleta. Era una preciosidad. Perfectamente embutida en un traje de ejecutiva, con la melena suelta, la capa justa de maquillaje, pero que se notara.
Y un perfume embriagador.
La descripción era incompleta. Era una preciosidad. Perfectamente embutida en un traje de ejecutiva, con la melena suelta, la capa justa de maquillaje, pero que se notara.
Y un perfume embriagador.
Hablaron de muchas cosas. Tomaron unos vinos por el centro de Madrid. Poco a poco comenzó a observar que la vida de ella era vacía, estéril. Su conversación derivó a cuestiones banales.
La llevó a comer a un restaurante japonés (“oh, son mis preferidos, suspiró ella”)
La llevó a comer a un restaurante japonés (“oh, son mis preferidos, suspiró ella”)
Tuvo que soportar la sarta de tonterías de ella sobre lo mucho que sabía de un país que desconocía por completo. Nada es más absurdo que hablar mucho de algo que no conoces, y encima pretender sentar cátedra.
Él se mostró gentil, cortés; incluso un poco atrevido. Para entonces ya sabía que con una buena copa de Krug la damita estaría lista.
Fueron al Palace. Ella había hecho la reserva por indicación suya. En la habitación, rosas, cuatro rosas. Y la botella de Krug Grande Cuvée.
Fueron al Palace. Ella había hecho la reserva por indicación suya. En la habitación, rosas, cuatro rosas. Y la botella de Krug Grande Cuvée.
Subió el espumoso y bajó la ropa. Era una delicia. Atlética. En forma, gracias a horas de gimnasio con mallas apretadas y el Ipod a todo trapo, mirando lascivamente a otros jovencitos.
Sabía lo que hacía. Fueron varias horas al unísono, en una sinfonía perfecta.
Se sentó en la cama. Se duchó con agua tibia, para terminar, como siempre, con agua fría.
Se secó, empezando por los pies y terminando por el cabello. Se vistió.
Se acercó a la cama. Ella estaba tumbada. Recogió sus cosas, y se preparó para salir.
Sabía lo que hacía. Fueron varias horas al unísono, en una sinfonía perfecta.
Se sentó en la cama. Se duchó con agua tibia, para terminar, como siempre, con agua fría.
Se secó, empezando por los pies y terminando por el cabello. Se vistió.
Se acercó a la cama. Ella estaba tumbada. Recogió sus cosas, y se preparó para salir.
Con la mano en el picaporte, se giró un momento hacia ella. Sonrió con frialdad, con ojos vacíos, de muñeca.
Por encima de la sábana que la cubría resaltaban los palillos del restaurante japonés.
Cada palillo atravesaba un ojo.
- Ya puedo tachar Madrid de mi lista…
Cerró la puerta, y enfiló el pasillo hacia las escaleras de servicio.
Por encima de la sábana que la cubría resaltaban los palillos del restaurante japonés.
Cada palillo atravesaba un ojo.
- Ya puedo tachar Madrid de mi lista…
Cerró la puerta, y enfiló el pasillo hacia las escaleras de servicio.
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