
Pese a que a las nueve todavía solía haber cierta actividad en la oficina, hoy parecía todo más silencioso. Al otro lado de la puerta de su despacho sólo se oía un murmullo sordo en comparación con estruendo de hace unas horas de ordenadores, impresoras, faxes...
Carla soltó el portafolios y lo dejó encima de la mesa, perfectamente encajado entre los límites de la misma. Alzó la vista y se levantó lentamente. Una vez incorporada, y de camino hacia el perchero donde colgaba el abrigo Carolina Herrera rojo que se había comprado el último fin de semana, aprovechó para ordenar algunos papeles en las estanterías de la pared. Cogió el abrigo con el antebrazo y el bolso Loewe a juego con los zapatos marrones, comprados en su último viaje a Andorra, y se dirigió a la puerta lentamente. Cuanto ya tenía el pomo de la puerta entre sus blancas manos miró de nuevo a la mesa y calló en la cuenta de que no era seguro dejar el portafolios ahí. Se dirigó de nuevo a la mesa y metió el portafolios en el primer cajón de su mesa, porque era el único que tenía suficiente espacio y llave. Lo metió, cerró la llave, la guardó en el bolso y se dirigió de nuevo a la puerta, dejando ya tras de sí el inico de un prometedor futuro.
Al llegar a la puerta, giró el pomo lentamente y abrió un poco hasta que entró algo de luz de fuerta. Viendo que ho había nadie a la vista (el cuerpo de secretarias se solía ir a las siete) apagó la luz de su estancia cruzó rápidamente hasta cerrar en un sólo movimento.
Miró a ambos lados y comenzó a andar rápidamente hacia los ascensores. De repente notó una presencia detrás. Giró la cabeza mientras aumentaba el paso y se dio cuenta de que Carlos también salía de su despacho.
Carlos era un enemigo. Doctor en Management por la Harvard, con un flamante MBA en la Columbia había trabajado durante más de seis años en la BCG como consultor en varios niveles. Durante ese tiempo pudo realizar proyectos en finanazas y energía que le consolidaron dentro de la cosultora. Llegó a tal nivel que nadie dudaba que en breve le propusieran ser socio de la firma. Probablemente hubiera sido así si no se hubera cruzado en su camino su actual mentor: el Director General. El asunto venía de familia (de los que llevan un "de" delante), y como a nadie le amarga un dulce, ni un sueldo de seis cifras encabezado por un dos, y el horario era infinitamente más humano, entró desde lo alto a su actual puesto. Siempre llevaba traje con una fina raya diplomática.
Carlos se había cruzado en el camino de Carla cuando menos se lo había esperado ella.
