
En mi cruzada personal contra dieta vegetariana, y teniendo en cuenta que soy pescadofóbico, me he convertido en un ""asiduo"" de las carnicerías.
Me encanta ese olor que uno percibe al entrar. Hay un despliegue de matices dificilmente descriptible en el ambiente, que se funde con el rojo cárnico cuando uno posa su mirada al frente. Y qué decir del cuchillo al preparar o deshuesar filetes: su sonido es poesía que se une acompasadamente al regurgitar del mi estómago ante semejante paraiso.
No obstante hay un pero. Sí, un pero...: LA COLA de la carnicería... Podríamos describirlo como una forma de sufrimiento autoinflingido (siempre existen las bandejas de los supermercados), un calvario interior antes de conseguir la codiciada pieza, aderezado con esa forma de zoo humano que somos los que compramos.
Ayer, en uno de mis escarceos habituales (bueno, no tanto, que luego me gano inmerecidamente mala fama), entré en ese templo gastronómico y me encontré con todos los tópicos de la cola de la carnicería (en su versión charcutera) reunidos en una persona.
Para empezar estaba un sujeto también típico: la que involuntariamente estaba guardando el sitio a una amiga que en realidad no es tal, y que se presenta con el clásico "holaaa, cuanto tiempoooo, [push push (besito, besito)], hijaaa, qué tal tus hijos, que hace muchísmo que no los veo, hijaaa, ¿estás esperando la cola?, pues ya me quedo contigo y te cuento de fin de semana que pasamos en la boda Conchi".
Empezamos mal. Como no hay el consabido "su turno", pues nada, a aguantar las batallas de la Conchi y su boda. Por supuesto que la amiga no la hace ni caso, sólo la mira con cara de circunstancias preguntándose "¿y a esta de qué la conozco yo?... ¿sería la prima de la vecina?".
Insisto en que probablemente ni la conocía. A partir de ahí, el asunto comenzó por la deriva habitual. La "amiga" acaba de pedir a la carnicera, que hay que ver cómo maneja el cuchillo, y comienza nuestra amiga. Arranca con el móvil en la mano, en conjunción con las gafas de sol, aunque el día esté nublado, en una forma de equilibrio inestable.
"Holaaa, miraaaa me toca a miiii, me vas a poner un poco de esto" señalando de mala gana al york, "pero no sé muy bien cual cogeeeeer, ¿cual me recomiendas?". La carnicera, avezada y viendo lo que se le viene encima, hace una somera descripción de cada pieza; minuto con pausas . "Vaaa, no séee, mira, ponme un poco de esteee" dice mientras señala de mala gana con el móvil y las gafas (movil iPhone y gafas Dior) y en estas que ¡le suena el móvil! "Siiiiíi. Hoooolaa reina. Me pillas en la carnicería... síiiii, genial.... Clarooo. Mira, te cuento...". Mientras habla le dice con los dedos que quiere tres lonchas finitas finitas. La carnicera lo hace en cerocoma y le pone cara "a ver, y qué más". "Reina, perdóname, pero estoy aquí en la carnicería... Ya sabes, a Adolfo le encantan los solomillos y yo que tengo algo de tiempo... Hasta luego, reina... Ya sabes... Si, si si... Luego te llamo.".
Yo lo cuento rápido, pero con la cadencia y la estridencia la llamadita le llevó dos minutos.
Se incorpora más gente a la cola.
"Qué más" pregunta la carnicera. "Ay, no sé, cielo, ¿este jamón? ¿Qué tienes de este jamón?" Señala al serrano de bellota. Otra vez la carnicera realiza una somera descripción poética de un minuto, aderezada con interjecciones autosuficientes de nuestra protagonista ("ahhha", "Ssseeeiii", etc.) "No sé, hija, quizá mejor no, que luego le sienta mal... Veo que has traido patés... De qué los tienes...". Somera descripción de la carnicera "Son franceses". "Yaaaa, claro... pero de qué son....". "Pues mira, este es de pimienta (lo enseña), este de salmón (lo enseña), y este es muy bueno muy bueno de oca (lo enseña). Te lo recomiendo porque ha salido muy bueno muy bueno". (larga pausa deliberativa) "Ya, hija, pero a veces me suben la tensión y luego mi médico me dice que no puedo tener excesos... (larga pausa deliberativa) Ese queso tiene una pinta deliciosa..." decía mientras apuntaba a un queso de barra para sandwich, "ponme un par de lonchitas, por favor, pero en tarrina, que si no se me seca. Hija. no me gusta nada que me pongas las cosas en papel... A mi marido le encanta el Roquefort y es que no está para excesos, y si fuera por mmmiiii me llevaría ya ese camembert, pero el colesterol pasa factura y luego no sabes, noooo sabeeeees....."
Se sigue incorporando más gente a la cola.
"El chorizo ibérico tiene una pinta deliciosa, la verdad, pero no sé no sé... (larga pausa deliberativa) Para mi hijo me pones un par de lonchitas de este salami, que se ve que es del bueno..." Par de lonchitas de salami. "Hija, tengo un cuñao que también le encantan los ibéricos, como a mi, y el médico le tiene prohibidito probarlos... Un suplicio, la verdad".
"Huyyyy qué tardeeeee (mira el reloj con forma de oso-Tous). Hija, se me pasa el tiempo de una manera increible... Mira, ya dejaré los filetes para luego... Pónmelo todo junto, por favor ¿cuanto suma?". "Uno, con cincuenta". "Hija, cómo está la vida, la verdad, toma, dame cambio, que me viene bien para la ORA", dice mientras saca un billete de 100 eurucos.
Total, tres lonchas de jamon York, dos de salami y dos de queso de barra. 7 minutos de cola.
Para las mentes inquietas decir que en un arrebato de sibaritismo me llevé cien gramos de salchichón ibérico que aun estoy disfrutando.





