
El vacío (del latín vacīvus) es la ausencia total de materia en un determinado espacio o lugar, o la falta de contenido en el interior de un recipiente. Por extensión, se denomina también vacío a la condición de una región donde la densidad de partículas es muy baja, como por ejemplo el espacio interestelar; o la de una cavidad cerrada donde la presión de aire u otros gases es menor que la atmosférica.
Puede existir naturalmente o ser provocado en forma artificial, ya sea para usos tecnológicos o científicos, o en la vida diaria. Se lo aprovecha en diversas industrias, como la alimentaria, la automovilística o la farmacéutica.
Ahora mismo yo ando así, ligeramente vacío. Abro el tarro, y el eco me da una bofetada sonora (Wuakk!!) y me quedo con cara de gilipollas.
No viene mal, todo hay que decirlo, pero jode.
Mi mente funciona (no muy bien, pero bueno) a base de imágenes. Un ejemplo: un día estoy currando y, de repente, se me cuela una imagen de un gentío descontrolado arrasando en las tiendas de Valladolid, pegándose unos a otros y matándose, mientras en una tienda de televisores medio destrozada salen imágenes de un telediario donde explican que el mundo está próximo a desaparecer.
Ya la tenemos liada. A ver cómo se comportan, qué hacen, porqué en Valladolid y no Madrid, o Turín o Viena (eso es fácil, esas ciudades las conozco menos, pero se podría hacer, por supuesto….)
Estoy escuchando música y sale un flash en mi torvisca mente, de una tipa en pelotas en una cama con unos palillos chinos en los ojos. Otra liada.
Y me emociono y, como salen más imágenes de esas (varias por día, y algunos varias decenas), pues me lio la manta a la cabeza e intento tener todas abiertas.
La musa es caprichosa. A veces aparece una señora gorda, con rulos, bata y varios dientes mellados, y me cuesta hacerla caso. Error. Después de un rato de batalla, se me sienta al lado y me empieza a susurrar cosas. Vencida mi resistencia, sigue hablando, dándome detalles, opciones, más imágenes, posibilidades, y mil cosas más.
Me quedo embelesado hasta que se pira, y me deja más colgado que un jamón.
A veces la musa es una chica joven, impresionante, tremendamente maciza, que me despista terriblemente. Me presenta imágenes inconexas, argumentos absurdos. Pero como esta buena, pues me pierdo mirándola y no le pido que me hable. Y no saco nada de nada.
Y otras veces aparece un tipo gordo, parecido a un estibador marranero curtido en mil batallas, con una botella bajo el brazo y un puro a medio apagar en la boca. Me mira, se descojona, me hace un corte de mangas o un calvo, y se pira. Como mucho consigo que me susurre una canción para animarme. Y llega la seguía.
No viene mal, porque así dejo de hacer el memo y me dedico a terminar las historietas que tengo empezadas, que son unas cuantas, y finiquitarlas.
Esto viene bien porque así uno deja de oír bambalinas, y vuelve al suelo, a saber que escribe ameno, pero mal. Que vales para unas líneas pero poco más, que uno tiene soltura pero no menos que cualquiera que se ponga a ello con algo de empeño.
Y que todo esto ha de currarse mucho. Como un animal. Que si no, no sale, pero ni a tiros. Que hay mucho por leer, muchísimo. Que hay mucho que escuchar. Que hay mucho que escribir, mucho, y sobre todo mucha mierda, mucha, a paladas, para sacar, de vez en cuando, alguna perlita, aunque mellada y oscura.
Seguiré intentándolo, siempre que pueda y tenga fuerzas, rascando el suelo para buscar esas perlas y poder enseñároslas. Aunque tenga que cavar con los dientes.
Que haberlas “haylas”.




