Vas circulando tranquilamente con tu coche, petándolo con el cedé a todo trapo, cuando el coche, a la salida de un semáforo, empieza a petardear, chuf, chuf, no tira, no tiene empuje. Se jodió.
A llamar a la grúa. Y a elegir taller. Eso es peor que andar con Jasón y los Argonautas buscando el vellocino de oro.
El de la grúa suele meter baza: - yo conozco un taller...es un tío cojonudo...sabe la de dios de coches...vamos, no está con Alonso en Ferrari porque le da miedo el avión, que si no...
Y encabronado con el coche, te confías, y arreas con el pavo de la grúa al taller de su confianza.
Error.
Llegas allí y todo es precioso. Suena música celestial. Dulces maniquíes con excelentes sonrisas te tratan de maravilla. El jefe de mecanicos te explica que en poquito, en muy poquito tiempo lo tendrás mejor que nuevo.Sales de allí encantado.
Error.
El coche no está en poco, poquito tiempo. Ese poquito tiempo es lo que dura tu confianza en ellos. La pieza que necesitabas, que tenían de sobra, justo ayer, antes de ponértela a tu coche, se terminaron.Tienen que pedirla, claro. Y acaban de cambiar de proveedor a uno nuevo, Taiwanés, que tardará mes y medio en suministrarla. Mientras, irán haciendo otras cosillas.
Te pasas al mes, y contemplas, horrorizado, que no han avanzado casi nada. La pieza que venía de Taiwán, debido a problemas de comunicación (vamos, que siendo español cerrao, ni papa de otros idiomas) y a falta de traductor (su primo, el de móstoles, estaba de viaje con la novia y por eso no le echó una mano) resulta que la pieza, que además aún no ha llegado, no es la que necesitas.
Y no van a pedir la correcta por adelantado, no. Esperarán a devolver la errónea para explicarles cuál es la que necesitan.Te tiras de los pelos.
Mientras observas cómo tienes la tapicería con unas manchas de colores y formas indefinidas, que tu no recuerdas. Intentas ver cómo se han producido. Dudas, hasta que ves a un mecánico bragao y ojoperdiz comiendo un bocata churretoso, con un mono lleno de grasa, mayonesa, mojo picón, anchoas en vinagre y salmuera. Te dan ganas de vomitar y reprimes la arcada para no llenar tu coche de más mierda aún.
Reparas en tu guantera abierta, con facturas y papeles todos revueltos, los cedés rayaos, y toda la documentación descolocada. Y eso que en la guantera no había que hacer nada.
Decides marcharte.
Dejas pasar otro mes y de Taiwán ni rastro. Al final pillan la pieza en un taller de Bustarviejo, de tercera mano. Por supuesto, al mismo precio que la Taiwanesa. Sorpresivamente han desmontado el motor. Está languideciendo en el suelo del taller. Preguntas, resignado, qué ha ocurrido.
- Es la junta de la trócola. Sonaba.
- A qué sonaba.
- No sé. Sonaba. Tenía holgura.
- Ya.
Meses después tienes tu coche, o lo que queda de él. El presupuesto, claro está, se ha triplicado. La puerta no cierra, el claxon tienes que aporrearlo para que suene, y encima suena como un gato acatarrado, el aire no funciona, los intermitentes van a su bola, el embrague rasca...
Y encima sigue esa mancha del asiento del copiloto, como las caras de Bélmez, mirandote desde su indefinición, con una amenaza velada...